¿DÓNDE ESTÁ NUESTRO LEBRON?
Dídac Alcalà Soler, España / @didacalcalasoler


“¿Qué pasa? ¿Qué si él se tira de un puente, tú también?” No sé lo global que será esta frase pero en España forma parte del manual básico de la crianza. Por aquello del culo veo, culo quiero. Unos tanto y otros tan poco. Debo reconocer que siempre fui más obediente de palabra… que por obra (u omisión) Así que, sin la lección bien aprendida: ¡Quiero nuestro LeBron!

Pasados los chascarrillos, lo cierto es que veo al bueno de LeBron Raymone James con ese Drew Estate Undercrown Shade, sentado en la sala de prensa, sin malgastar ni una calada, disfrutando de un buen tabaco para celebrar su anillo de la NBA… y no puedo evitar tener cierta envidia sana.

Seguramente algunos dirán que no deja de ser postureo, y puede serlo. La verdad es que poco importaría. Al fin y al cabo el postureo, fingir ser aquello que sabemos que no somos, no deja de ser un buen primer paso para llegar a serlo. Y, ese postureo, nos agrade o no, forma parte del registro comunicativo de las generaciones que insistimos en sumar a este maravilloso mundo. Puede, solo puede, que sorber y soplar a la vez no sea la mejor solución para conseguirlo.

Sin duda necesitamos transgredir el espacio privado y la estética de lo público para potenciar y acercar a las nuevas generaciones a los tabacos puros. Los clubs, redes sociales, blogs, revistas especializadas… son grandes herramientas. Pero un Fucking Money Man feat Behike, ese influencer, youtuber, jugador de Fortnite… o lo que narices este de moda. Un podio de Moto GP, un crack del futbol o un hombre pájaro de RedBull, generarían unos impulsos poco comparables.

Ciertamente el entorno mediático y social no ayuda. Puede que con un panorama así nos hubiéramos quedado sin el puro de Grouxo, Arnold, el comisario Colombo o la gran Sara Montiel. Reaccionario y ciegamente injusto con nuestro mundo, actualmente supone todo un reto exponerse como aficionado para un personaje público. Solo podemos esperar que un día llegue nuestro LeBron. Al final, nunca es tarde si la dicha es buena.